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En el Polígono de Campollano, donde Albacete se vuelve almacenes y naves industriales, hay un bajo reformado que no figura en ningún listado oficial. La puerta es blanca, sin rótulo. Sólo un número y un timbre. Allí atiende una psicóloga especializada en trastornos de personalidad límite desde hace catorce años. No necesita publicidad. Sus pacientes llegan derivados por el hospital, por servicios sociales o por otros terapeutas que no quieren o no pueden tratar casos complejos. Ella los acepta porque aprendió que el límite de lo tratable se amplía cuando el profesional no tiene prisa por etiquetar.
Una de sus pacientes, diagnosticada a los diecinueve años, lleva diez en tratamiento. Ha pasado por intentos de autolisis, ingresos psiquiátricos y abandonos de terapia. La psicóloga nunca la ha dado de alta. Dice que la estabilidad de esta paciente no es como la de los demás, sino una meseta baja donde los episodios de crisis son menos frecuentes pero nunca nulos. Aceptar eso como éxito terapéutico no es fácil para un sistema que mide resultados en altas médicas, no en vidas sostenidas.
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